Con 85 años, diseñando sombreros para Lady Gaga o joyas para Tiffany’s al tiempo que reinventa la capacidad expresiva de los rascacielos, Frank Gehry (Toronto, 1929) es el icono de la arquitectura icónica, el más osado entre los más creativos. Premiarlo con el príncipe de Asturias de las Artes implica valorar esta disciplina como él mismo siempre la ha defendido: como un arte por encima de cualquier otra implicación o consecuencia. En ese sentido la decisión del jurado es o valiente… o inconsciente. Perpetuando el reconocimiento al componente plástico —por encima de valores sociales o económicos— contrasta con la línea actual de la arquitectura, que busca contactar con la sociedad transformándose en una disciplina más necesaria que visual.
Tras décadas firmando edificios cúbicos y blancos, hijos del movimiento moderno, Gehry encontró su oportunidad transformando su casa. Corrían los últimos años de la década de los setenta, tenía 50 años y se atrevió a ser un arquitecto-artista. Basta verlo trabajar, retorciendo una maqueta en lugar de dibujar un croquis como primera aproximación a un proyecto, para apreciar que siempre ha sido un escultor que estudió arquitectura. El nuevo Gehry fracturó el espacio del Museo Aeroespacial de Los Angeles (1984) y colgó de esa fachada un jet para convertir el edificio en anuncio. Por entonces, el escultor Claes Oldenburg, que había realizado los gigantescos binoculares que singularizaron el edificio para la agencia de publicidad Chiat/Day que Gehry firmó cerca de su casa (hoy llamado Binoculars Building) lo recomendó en Alemania. Allí diseñó el Vitra Design Museum, su primer encargo europeo (1989). Ese edificio revolucionó la productora de muebles hasta el punto de que tiró por tierra el plan general que había encargado a Nicholas Grimshow y pasó a coleccionar los primeros inmuebles europeos de creadores insignes como Zaha Hadid o Tadao Ando. Así, cuando ese mismo año consiguió el premio Pritzker, Gehry aún no había firmado los edificios que le reportarían fama fuera del ámbito arquitectónico y que colocarían a Bilbao entre los destinos del mundo. La ciudad española sacó lo mejor del arquitecto, pero esa valentía tuvo una mala digestión —conocida como efecto Guggenheim— al despertar la envidia de los alcaldes menos imaginativos decididos a inaugurar sus propios monumentos.
Por eso hoy, cuando algunos de sus edificios no encuentran consenso a la hora de ser juzgados como los más creativos o los más torturados, la acusación de autoparodiarse lo persigue en la prensa especializada. Los cuerpos encorsetados del Stata Center (2004) en Cambridge (Massachusetts) recuerdan a la Casa Danzante (1996) que mira al Moldava en Praga. Más allá del alcance del eco estilístico del arquitecto, el Massachusetts Institute of Technology, MIT, lo denunció cuando el mencionado Stata Center se agrietó y se llenó de goteras.
Entre encargos, reconocimiento, premios y críticas, Frank Gehry se ha cansado de repetir que la expresión de sus trabajos no es un capricho sino el resultado de rigurosas investigaciones. Para investigar fundó una empresa que calcula los volúmenes imposibles de proyectos como los suyos. Gehry Technologies ofrece sus servicios a quienes no se conforman con la frialdad moderna. Se podría decir que hoy esa empresa es el laboratorio que, a finales de los 70, fue su propia casa en Santa Mónica. Puede que limitar la expresión plástica llegue a apartar de la arquitectura a talentos creativos como el de Gehry. En cualquier caso, más allá de su efecto, el Guggenheim dejó bien claro que no todo el mundo es capaz de diseñar un Guggenheim.
Es por ello, que me he interesado en su forma de trabajar dejando el material inacabado y principalmente por el juego que desarrolla con las geometrías simples, además del juego de volúmenes. Cabe destacar que desarrolla toda su arquitectura a partir de la base de la escultura pero sin olvidar la funcionalidad del edificio y la integración de este con el entorno.




























