El objeto de estudio se centra en reinterpretar la relación que se establece entre la arquitectura moderna y el momento histórico particular que define la primera mitad del siglo XX, como el sustrato sobre el cual Le Corbusier —contrario a lo que sus detractores han acu- sado al declararlo un funcionalista a ultranza que “maquinizó” el problema del habitar—realmente apuesta por la esencia antropológica que subyace a la necesidad de dar expresión material al pro- yecto de un mejor mundo humano habitable.
La investigación se construye desde dos aproximaciones: la primera, que busca establecer el contexto sociocultural que ambienta la postura asumida por el movimiento moderno de la arqui- tectura, la cual nos ubica en el escenario de finales del siglo XIX y comienzos del XX que, en cabeza de las Vanguardias que tuvieron su seno en los escenarios francés y alemán, permitió decantar las apuestas conceptuales que habrían de direc- cionar la modernidad lecorbusiana y, la segunda, que pone de manifiesto en dicho escenario el proyecto de mundo humanista encarnado en aquella modernidad lecorbusiana, situación que, de hecho, sería decisión personal del autor de este trabajo, pues lo que se trataba de dilucidar era el proyecto de mundo del que daba cuenta un arquitecto que suscita controversia como pocos y que, además de haber producido un sinnúmero de edificios, escribió sobre su quehacer en diversos textos que permiten evidenciar una reflexión teórica cristalizada en el racionalismo arquitectónico.
Con el ánimo de presentar la investigación de manera más puntual y precisa, el texto examina el problema en dos partes. Una primera, denominada El movimiento moderno: utopía o realidad, que está sujeta al escenario que rodea la crisis de finales del siglo XIX y que devino, entre otras cosas, en la aparición de las vanguardias resaltando el interés en dos ideas fundamentales: la noción de ahistóricas que acompañó, en buena medida,
el proyecto renovador de las Vanguardias y que determinaría la férrea postura asumida frente al peso de la tradición, por un lado, y el ethos revo- lucionario o el compromiso sociopolítico en ofrecer un mundo digno, útil y funcional para todos y cada uno de los hombres europeos modernos, por el otro. El segundo apartado de este primer segmento busca reconocer la condición moderna como un “proyecto de mundo” a través del análisis de los textos escritos que, más que ser documentaciones históricas o “metarrelatos”, como los definiría Lyotard, son manifiestos que buscaron dar cuenta, humanamente hablando, de las necesidades esenciales del habitar.
La segunda parte, parafraseando el título del reconocido texto lecorbusiano llamado Hacia una Arquitectura, se ocupa particularmente del proyecto humanista sugerido por Le Corbusier y recogido, de manera extraordinaria, en dicho manifiesto a partir de tres elementos básicos; el primero, que denominé el racionalismo arquitectónico y queda cuenta del sustrato sobre el cual emerge su apuesta de mundo moderno que, en suma, busca sintetizar la concepción humanizada y espiritualizada de la arquitectura con el anhelo libertario de una estética que mantiene la armonía entre las leyes del mundo tecnocrático del siglo XX y el bienestar de la sociedad. El segundo examina, por sobre otras cosas, dos cuestiones fundamentales que “materializaron” el racionalismo arquitectónico lecorbusiano y que definí como “¿Belleza frente a Funcionalidad?”, en relación con el problema de lo bello como la expresión material de la profundidad óntica de la arquitectura, y el problema de lo funcional y útil o la correspondencia afín en la relación uso-edificio. Por último, se abordará el problema espacial en el apartado sobre la Arquitectura in-contenible y el espacio indecible, con el cual se esperó poner de manifiesto la noción del “habitar” como condición vital de la arquitectura y en la cual reside, en buena parte, el proyecto humanista de la arquitectura lecorbusiana.
Finalmente, el trabajo concluye con una serie de reflexiones y consideraciones que recogieron el proyecto humanista de aquella modernidad para hacer una aproximación, parafraseando a Hölderlin, a fin de entender cómo “poéticamente habita el hombre” el mundo, es decir, a la comprensión de la cuestión fundamental de la arquitectura que no es otra que el problema humano de “estar” en el mundo, pues es ella quien, sobre otras expresiones de la cultura, está llamada a legitimar los anhelos de una colectividad haciendo “visible”, a través de la redefinición del orden simbólico en la materialidad del edificio, la transformación de la relaciones que equilibran el habitar humano.
[…] La segunda aproximación de esta investigación se centra, justamente, en el establecimiento de la correspondencia entre la teoría estética que subyace en el pensar lecorbusiano y la afirmación material de dichos argumentos, en virtud del reco- nocimiento del carácter racional del acto creativo visto, entonces, como proyecto. La reflexión parte, puntualmente, del manifiesto Hacia una Arquitectura (978) donde Le Corbusier define que la razón de ser de la arquitectura moderna es el hombre y su posibilidad racional de habitar el mundo, sin desconocer que la resolución de dicha relación se halla en la sutil frontera entre lo artístico, lo artesanal y lo proyectual, como creaciones arquitectónicas. De hecho, la primera gran preocupación de una disciplina que se vale de las manifestaciones materiales para dar cuenta de su reflexión conceptual oscila, justamente, entre lo bello y lo útil.
Para Le Corbusier la belleza, concebida como afirmación sensible de los argumentos contenidos en un proyecto, ha de ser entendida, primera- mente, no como la simple expresión formal que recubre el edificio, sino como la manifestación externa del carácter esencial que subyace en el mismo materializando su profundidad óntica (Le Corbusier, 978).Es así como el problema de lo bello, en una época donde dicha búsqueda no parecía ser esencial para las Vanguardias, es el modo o la manera como se hace sensible la esencia, el ser en dirección hacia la verdad en la percepción estética, no fundamentalmente como una comprobación o una demostración de la verdad misma, sino como un “mostrar”, un “hacer evidente” la apuesta civilizatoria de Europa Occidental en pleno siglo XX lo cual, sin duda, vincularía la inagotabilidad de los hechos arquitectónicos al despliegue sustancial del ser.
Le Corbusier, entonces, hallaría en la contundencia de la línea recta, en la austeridad de las superficies planas, y en la desnudez de los volú- menes puros la posibilidad de desplegar la belleza, lo que él mismo define como la presencia, casi mística, del “imponderable” en relación con la espiritualización del hecho brutal a través de la abstracción arquitectónica (Le Corbusier, 1978). Lo bello, en aquel momento, inaugura y comu- nica la expresión particular de la época. […]
En rigor, el proyecto de mundo que Le Corbusier pone de manifiesto a través del movimiento moderno de la arquitectura se funda en entender cómo “poéticamente habita el hombre”, es decir, en comprender que la cuestión fundamental de la arquitectura no es otra que el problema humano de “estar” en el mundo, pues es ella quien, sobre otras expresiones de la cultura, está lla- mada a legitimar los anhelos de una colectividad haciendo “visible”, a través de la redefinición del orden simbólico en la materialidad del edificio, la transformación de las relaciones que equilibran el habitar humano. Ahora bien, la reflexión final de la presente investigación es, tal y como lo fue para Le Corbusier en su momento, un nuevo llamado a la sensatez y a la razón donde desde la posición contemporánea se nos permita preguntar, por ejemplo, ¿será que la arquitectura de este tiempo, en el escenario de un mundo multicultural y hete- rogéneo, debe ocuparse, por encima de todas las sugerentes reflexiones de los defensores del relati- vismo a ultranza, del hombre común y su necesi- dad de habitar el mundo en mejores condiciones? Y la respuesta seguramente será afirmativa. ¿Será posible, entonces, que tal vez, solo tal vez, sea oportuno abrir el camino para alentar una moder- nidad inconclusa, como la entiende Néstor García Canclini (2001), y recomponer lo perdido cuando se ha visto que la enorme preocupación que motivó el levantamiento de esta nueva moder- nidad, justamente en manos de Le Corbusier, fue precisamente crear un proyecto de mundo correspondiente con el anhelo consensuado de una colectividad en aras de conseguir con ello un poco más de equidad y dignidad humana? Y la respuesta, otra vez, podría ser positiva.
La verdad es que, solo por eso, esta investigación concluye que vale la pena apostarle a un proyecto humanista de mundo, indistintamente que se le llame modernidad apropiada o posilus- tración moderna, como sugiere Cristian Fernández Cox (1990), la otra arquitectura, como la llama Enrique Browne (1988) o, incluso, la tercera generación moderna como la llama Josep María Montaner (1997), la realidad es que el problema no es nominal, el asunto fundamental que la arquitectura contemporánea está llamada a poner de manifiesto nuevamente es, esencialmente, un problema humano.
http://portalweb.ucatolica.edu.co/easyWeb2/files/8_7103_revista-13-066.pdf



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