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Esta semana continúo con la arcilla, pero esta vez en la playa, en la mismísima línea de costa. Lo que propongo es usar la arcilla como transductor, traduciendo y transmitiendo lo que el mar nos dice.

Para ello me he ido al Cabo de Huertas, a la Cala de la Palmera, ya que esta playa tiene poca arena y mucha roca, es, por tanto, el lugar idóneo para ver lo que le ha ido pasando a las rocas con el paso de los años y la fuerte acción del mar. Prácticamente todas las rocas de la playa han sufrido una erosión agresiva, no solo por el devenir del mar, sino por la fuerza con la que este llega y rompe, perforando la roca hasta convertirla en una superficie llena de círculos, como un colador. El mar, que rompe en rocas pegadas a la superficie del mar, es elevada en altura cayendo fuertemente sobre las rocas más interiores (como se puede ver en el vídeo a cámara lenta).

Es por ello, que “reconstruyendo” la roca, llenando esos huecos con arcilla pintada de diferentes colores y viendo lo que le ocurre a lo largo de las horas, podemos ver aceleradamente como ha llegado a ese punto.

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La pintura se va diluyendo poco a poco, especialmente en las hendiduras menos protegidas; la arcilla, previamente amoldada perfectamente al hueco y alisada en la cara exterior, va cogiendo formas de los golpes que le dan las olas. Al final del día, ningún trozo había permanecido totalmente liso, ni ningún atisbo de la pintura que las cubría. Se podía observar entonces en qué puntos la acción del mar fue más brusca, dónde había roto con más fuerza, cómo afectaba a las zonas más protegidas, hasta dónde había llegado el nivel del mar y hasta cómo algún alga se había quedado enredada sobre la arcilla. Todo esto mediante un proceso de total disfrute, porque no hay nada más divertido que mancharte las manos, volver a ser niños llenando nuestro cuerpo de pintura.

Esto nos ayuda a ver como el flujo del mar moldea la línea de costa, acentuada o suavizada por la forma de las rocas, y como este flujo rompe y coge impulso en esos puntos. Como decía en un post anterior: “Es el mar el que manda, el que va moldeando el borde a su gusto”. Gracias a la maleabilidad de la arcilla, ésta se convierte en un transductor en sí mismo, permitiendo mejorar nuestras capacidades de percepción del lugar, permitiendo una inmersión profunda en el entorno que no podríamos hacer sin ella.

 

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